Somos seres vivos, pero hay algo en nosotros que nos distingue de todos los demás a pesar de lo que quisiera el colectivo PACMA, que tanto reivindica los «derechos» de los animales. Distintos porque hemos desarrollado una serie de cualidades que nos hacen únicos, diferentes, capaces de elevar los rasgos de la animalidad a unas alturas humanas maravillosas. El mirar el largo camino recorrido nos permite ver y valorar los avances conseguidos aunque en ocasiones parezcan estar estancados y reprimidos por los ramalazos que nos dan de vez en cuando nuestros instintos.

Esta sensación de seres especiales no puede ser un elixir afrodisiaco que adormezca en nosotros el afán de desarrollar la solidaridad para con los demás, de saber hacer nuestras las alegrías y los sufrimientos del resto de los ciudadanos. Se nos ha notificado la detención de un muy conocido dirigente de ETA, con paradero desconocido desde hace bastantes años, huido de la justicia. Josu Ternera ordenó atentados con gravísimas consecuencias, truncó la vida de muchas personas entre las que hay que destacar con gran dolor a niños inocentes. Seres humanos que iniciaban su primera etapa y empezaban a descubrir lo que era ser amado, ser mimado, ser atendido. Un tramo de la existencia en la que se aprende el bien y en dónde está el mal. Ellos conocieron de la manera más brutal el odio. El odio les quitó su futuro, el odio les privó de jugar, de reír, de llorar, de ir a la escuela, de ser niños, de creer en su grandeza como personas, en su dignidad y en su pequeñez ante la inmensidad del universo.

Una sociedad que corre un velo sobre aquellos tremendos sucesos no merece un presente venturoso y es eso lo que parece sucedernos.

El más claro exponente de la sima en la que hemos caído es lo que ha sucedido en el Congreso de los diputados al principio de la legislatura. La toma de posesión de la mesa y de los escaños del hemiciclo con el correspondiente juramento o promesa de los diputados, ha sido un esperpento. Un carnaval de actitudes, de soflamas disparatadas, de gestos estriónicos y sobre todo estudiados para afianzarse en posturas anticonstitucionales, todo un reto chulesco. Una retahíla de lo más ofensivo a la soberanía nacional.
Los máximos protagonistas del primer día de la Cámara eran los incusados por un delito gravísimo, el que puede realizarse contra la democracia, un golpe de Estado. La solemnidad del acto requería respeto pues los diputados a través del voto de los ciudadanos estaban allí para acatar la Carta Magna, pero se convirtió en un cenagal, en el que el barro pastoso eran las frases pronuncidas y no ajustadas a las normas que rigen nuestro sistema político, la monarquía parlamentaria liberal.

Algunos clamaban por la República, otros mencionaban el fatídico 1 de octubre, día del pseudo referéndum unilateral en Cataluña, otros recordaban a los presos políticos, blandían el imperativo legal y así varias y sugerentes frases muy alejadas de lo que dicta la norma parlamentaria, y como contrapunto, el pataleo en los escaños. Pero lo más fatídico fue la ausencia efectiva del que debe velar por la normalidad en ese lugar de referencia de la soberanía nacional, la presidencia recien nombrada por los pactos interesados de los que desean romper el normal funcionamiento político de una democracia ya consolidada y de ahí, su falta de liderazgo frente a las proclamas retadoras de los enemigos de la Nación que no son otros que los nacionalistas y los populistas.

Un panorama nada tranquilizante a pocos días de las elecciones del 26 de mayo. No son unos comicios más, son un reto a la convivencia y al acatamiento de la ley recogida en la Constitución de 1978. Según sean los resultados, la normalidad establecida en el referéndum de su aprobación, puede verse alterada. El recuento de las papeletas emitidas lanzará un suspiro de esperanza o por el contrario nos hundirá en un abismo de difícil retorno.

Si nos consideramos una sociedad madura, capaz de valorar todo lo que nos ha brindado la apuesta política, sabremos responder al gran reto de los comicios. Un momento clave para intuir lo que necesita nuestro tablero de juego: Un peón a punto de ser monigote de los usurpadores de la soberanía y ser destruido o una torre para que desde sus almenas marque el avance del rey y consiga el jaque mate definitivo.

Un voto para defender la Carta Magna, los derechos ciudadanos, el respeto de la ley y la estabilidad de la Nación española, el camino de la libertad.

Ana María Torrijos