Europa debe denunciar a un primer ministro antidemócrata y corrupto.

Hay que estar muy mal de la cabeza para obligar a todo un partido a la no discrepancia por decreto. Hay que ser muy mala persona para obligar a pasar por el aro cuando la inmoralidad más abyecta ha de imponerse para poder lograr la compraventa de su silla. Hay que ser un auténtico irresponsable y timador profesional para ocultar las cuentas reales, la subida de precios, una deuda galopante y una falta de transparencia y omisión en la rendición de cuentas en los fondos europeos, sin dar explicación alguna de nada.

Hay que ser un auténtico déspota para erigirse en árbitro, y más aún, en juez sentenciador de lo que es o no es odio, siendo el mismo principal instigador de odio. Hay que ser un absoluto antidemócrata para ser cómplice de un régimen narco-comunista y un enemigo del presidente legítimo González Urrutia, de María Corina Machado y de la heroica oposición de Venezuela.

Hay que ser amigo y beneficiario de los réditos de los lupanares para aprender rápido cómo el comportamiento en la sociedad ha de ser según lo que se aprende en los prostíbulos, y que el ejercicio del poder ha de regirse según los parámetros y exigencias del proxenetismo. Hay que ser perverso y vil para callar después de favorecer la salida de asesinos y vilipendiar a las víctimas del terrorismo y a sus familias.

Hace falta ser un indecente y malvado cuando se declara “no a la guerra”, pero no se condena ni se exigen explicaciones a los más de 30.000 asesinados en Irán hace un mes y medio, y cuando se ataca la dignidad de la mujer a diario y se las viola y asesina por no llevar velo y ropa como exige el islam.

Tenemos en todo ello un protagonista… alguien que ha traicionado al Estado, alguien que está lleno de corrupción y que hace como que no va con él. Alguien que ataca frontalmente el Estado de derecho y actúa como si no fuera con él; alguien que propicia una inmigración masiva y una inmensa regularización de inmigrantes ilegales sin mediar norma de seguridad alguna, y solo por estrategia perversa de compra de votos.

Un primer ministro europeo cuya mujer y hermano están a punto de ser juzgados por corrupción, dos manos derechas en la cárcel o a punto de entrar, cargos de relevancia en el juzgado, y definiéndose todo ello como organización criminal. Su fiscal general condenado, acosadores sexuales y violadores de su total confianza en su casa, partido y gobierno…

Su presidente del Tribunal Constitucional y él mismo forzando al TJUE corruptamente para lograr un fallo espurio sobre la amnistía. ¿Es esto mínimamente imaginable en una democracia europea? Es imposible siquiera pensarlo. Esto es de una obscenidad y perversión indescriptibles, y así no puede una nación europea continuar un segundo más. Un primer ministro español al que le resbala todo, henchido de soberbia maligna, ha traicionado al Estado, a toda la nación y a su partido, y nada de lo que ocurre le afecta; es más, como si nada de todo ello existiera, tal y como explicaba ayer todo esto en televisión César Antonio Molina.

Un primer ministro europeo que dice “no a la guerra”, mientras dice “sí al robo”, “sí a la corrupción”, “sí a la oscura estrategia y metodología que marcan los prostíbulos”, “sí al ataque frontal a la independencia judicial, al Estado de derecho, a la Constitución, a la libertad y a la democracia”, “sí a la mentira”, “sí a la indecencia más abyecta”… En suma, una perversión jamás imaginada que pudiera ocurrir en una democracia europea.

Por todo ello, por limpieza, por rigor, por transparencia, por valores democráticos, por cumplimiento de las normas básicas del *rule of law* que nos hemos dado en Europa, por lucha y condena firme de la corrupción, por mínima ética y decencia en los comportamientos… por todo ello, y por mil cosas más, las instituciones europeas han de salir públicamente a denunciar a un primer ministro europeo, el español, que encabeza toda esta infame aberración, y así salvar la ética del comportamiento de las instituciones y la dignidad mínima de todos los ciudadanos europeos.

Amalio de Marichalar.

Artículo publicado en «El Catalán»