Tras las últimas apariciones en televisión la estrella se siente dolida.

Dando por sentado que todos estamos al corriente de la noticia del momento, convertida en un auténtico serial desde su inicio a finales de julio, ha dado comienzo una nueva temporada con el elocuente título: “Eso a Vivas”. El cambio brusco en la dinámica, intentando eludir la responsabilidad que tiene el gran culpable de tanto dolor entre la población residente en Ceuta, atacando a quien no lo merece, da continuidad al dramatismo a la vez que maximiza el ridículo internacional. El guionista sigue enrocado en la negación de la verdad, con toda la troupe que encabeza la cartelera bien aleccionada para ahondar en el uso de la mentira. Un recurso del que son especialistas y les ha servido desde hace mucho tiempo para engañar a electores, camuflar corrupción y tirar de cloacas.

Por lo que vamos viendo es asombrosa la esmerada armonía del equipo de actores secundarios, encubridores de los verdaderos responsables de la desgracia de esta trama. Con un cuidado extremo de la jerarquía, a la que protegen y obedecen como lacayos, se muestran incapaces de reconocer la culpabilidad del que duerme en Rabat y la complicidad de quien parasita en la Moncloa. Un miedo comprensible a la hora de señalar al cabeza de cartel que manda sobre todo y todos, dado el riesgo que supone verse apartado del lucrativo espectáculo. Todos han asumido su rol y disparan a discreción para intentar desviar la atención y que se disimule la traición y el abandono, desmarcándose de una culpa que intentan direccionar hacia el adversario político. Queda claro que no les importa el dolor de los ceutíes y solo pretenden el rédito electoralista.

Tras las últimas apariciones en televisión la estrella se siente dolida. Su vanidad le corroe al verse desplazado a un papel segundón ante la opinión pública. Su ego no puede aceptar que se le desplace y deje de ser la guinda de todos los pasteles. Pero, a estas alturas, ya debe asumir que no puede salir a la calle si no quiere verse entre pitos y abucheos, mientras el rival señalado vive en la máxima credibilidad y, allí donde va, le acompañan vítores de sus vecinos por su incuestionable compromiso. La falsedad queda ridiculizada al culpar al único que ha estado siempre dando la cara. La gente elige verdades y no quiere que la manipulen.

La trama, basada en la demostración de la bajeza a la que puede llegar la política sin principios ni valores, actuando de forma rastrera, servil y sumisa dando muestras de afinidad, consuelo y favores al gran culpable del siniestro argumento, deja todo suficientemente claro. Nos hace testigos de la máxima traición a la que puede llegar alguien capaz de tirar por la borda la imagen de su país. Una nación que, milagrosamente, debe sobrevivir como puede en manos de tanto irresponsable, habiendo soportado nada menos que una injerencia hostil enemiga a nuestra soberanía nacional.

A la espera del ansiado capítulo final, quizás con otros actores tras el fracaso del elenco actual, deseamos ver el retorno integral de todos los que llegaron y que los jueces se apliquen para castigar la traición.

Javier Megino